Contaseñas

 



Saben mis contraseñas.
No las de las aplicaciones o documentos, esas no importan.
Son peligrosos porque saben la clave para entrar en mis secretos, descubrir mis miserias y mis aciertos.
A veces se las ingenian para meterse sin que les pida, acomodan todo y se van.

Me abrazan sin brazos.
Y no por inválidos o incapaces; al contrario: cerca o lejos, y aun frente a mí, basta que me lancen una mirada que abraza, para que entienda...

Conocen mis rincones.
No los de mi casa, que son rincones nomás, sino mis rincones.
Las cosas que me dan infinita felicidad, aunque sea pasajera, y los puntos débiles que me quiebran de a ratos como si fuera nada.
Esos lugares que no quiero mirar demasiado, o esos otros en los que, por el contrario, dejo que entre la luz.

Me sostienen, me arrastran si es necesario, o me dejan nomás, hasta que se me pase.
Saben mis contraseñas.
Y yo sé las suyas. Por eso estamos a mano, siempre.

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