Auvers-sur-Oise


 
Es un poblado chiquito que no tiene centro. Dispuesto a lo largo, con dos calles paralelas, combina casas con campo de una manera diferente a cualquier otro. Esa distribución hace que cada casa tenga su propio campo, su rincón único, su jardín.
Ya no conservan los techos de paja de cuando los pintó, y los autos rompen con la perfección, pero te aseguro que, caminando por sus calles, lo ves con su atril al hombro como si nada.
Aún están los jardines, los repechos y las curvas, y entendí por qué se enamoró del amarillo. En un paisaje helado y muy poblado de marrones, aquellas matas brillaban como si las hubiera cacheteado el sol —si se me permite la “comparancia”, je.

Llovió bastante esa mañana, para luego quedar una tarde absolutamente mezcla de reflejos de luz en los charcos, con un nublado aparentemente espeso pero traslúcido, y combinaciones de colores que hicieron parecer que eran varios paisajes en uno.
¡Así cualquiera!, me dije. No era nada difícil imaginarse a uno mismo con un mate en cualquier frente y pintando lo que fuera… parece obvio.
Se reconoce perfectamente el lugar de cada cuadro... ¡pucha! Digo, tan igual a ver como veían sus ojos… en parte, duele.

Apenas te bajás del tren, hay un pasaje angosto que lleva al pie de la escalera de acceso al predio de la iglesia. Ella solita es patrimonio, fue abadía, y los siglos y los malditos dioses (¿o los hombres en nombre de un supuesto dios y una fe?... mi ateísmo no se resiste a dejar de lado esas cuestiones) se te vienen encima.

Le entrás por atrás… y eso refuerza la impresión después, bueno, al menos a mí.
Con esa llovizna/garúa y esos reflejos, hasta violeta la vi.

Comentarios