De
niña mi padre me llevaba al Añón a desayunar, era cuando el yogur venía en
botellita de vidrio y usar una cuchara larga era maravilloso.
Con los años, anduve de paso o fui habitué.
Jugué de local en unos, y de franca visitante en otros.
Medio y medio, café, un trago cualquiera o cerveza según la manía.
Hubo tertulias, estudio, filosofía circular, militancia, cartas en servilletas,
barcos de papel, boletines, discusiones, casitas de mondadientes... Y hasta una
torta en un alfajor un 23 de octubre.
Una vez lo esperé con la certeza de que entraría por la puerta.
Sé que una noche me esperó con la seguridad de que no iría.
Me besó.
Lo dejé... o me dejó.
Charlas con los mejores amigos y desvaríos con desconocidos.
Amigos, festejos, familia.
Café a solas en la mesa del rincón... o mostrador de alcohol sólo para no
pensar.
Abrí algunos y cerré varios.
Y en la puerta de éste, en Arlés, vi como a Van Gogh le acercaban absenta sin
pedirlo.

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