El título me parece circunstancial, o legal en todo caso, mientras que el
verdadero lazo creo que trasciende eso.
Por eso, para mí eran Tere y Dari.
Mientras sacaba las calcomanías del placard de la cocina, les iba pidiendo
disculpas.
Lo mismo al mover los cuadros.
No me dirían nada por hacerlo, lo aprobarían; seguramente ella estaría más
preocupada porque me ocupara de terminar los cuartos de los chiquilines, en
lugar de insistir con la cocina.
Todo es raro: lloro mucho, y también me río.
Cada vez que necesito algo, sé dónde buscarlo.
Nada me resulta extraño acá —en el sentido de ajeno— y están conmigo de la
manera más presencial, si eso es posible.
Los extraño, eso ya lo sabía, solo que estos días se vuelve más real.
Él era Dari para mí. No era mi suegro ni el abuelo de mis hijos.
Aparece por la puerta recordándome la medida de café de la cafetera. Éramos
compinches.
Sin ser mi padre, fue un aliado secreto que me entendía como si lo fuera.
Bancándome, estando presente, queriéndome sin dudar.
Y yo, como si fuera su hija, fui aliada a todas luces, sin entenderlo muchas
veces, criticándolo… y queriéndolo sin dudar.
Tere me rezonga por no usar guantes mientras lavo las ventanas, y se
inquieta al verme en el último peldaño de la escalera endeble.
Conozco de duelos. No me preocupa que duela, que sea duro o que no pase.
Ya sé que nunca pasa del todo, ni es verdad que el tiempo cura.
Es que estos días intentaba resguardar a su hijo y a mis hijos de la pena, y
recién hoy me di cuenta de que en ese intento me estaba quedando en banda yo,
con una orfandad que, por prestada, no es menos propia,
y con una casa tan vacía y llena a la vez.

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