Según la mitología, Orión era un gigante cazador de poderosísima fuerza. Tan grande que, si entraba en el profundo océano, el agua sólo llegaba hasta sus hombros.
Como bravo cazador, formó parte del séquito de Artemisa y fue su favorito. Acompañado siempre por su perro Sirio y protegido por la diosa, se ufanaba de que nada le daba miedo y que no había criatura gigante o peligrosa que no pudiera enfrentar y destruir.
A Gea, la diosa de la Tierra, medio que no le gustó que fuera tan soberbio y mandó al escorpión, que lo picó y lo mató.
Zeus apareció entonces para remediar aquello y le dio la gracia de elevarlo a los cielos.
Desde ese día, ahí va cada noche, huyendo hacia el oeste justo cuando el escorpión asoma por el este. Lo acompaña Sirio, su perro fiel, que no es ni más ni menos que la estrella que brilla más.
La otra noche, con las noctilucas y Sirio iluminando, Orión intentaba escapar, y me pareció que yo, escorpión de octubre, iba tras él no ya para matarlo, sino para recordar que, en todo caso, siempre hay algo que intentar alcanzar aunque ya haya muerto. Porque nadie puede creer que no se mueren los gigantes; y porque, aunque sea imposible, sin utopías no habría otras noches.

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