Me costó bastante llegar a ella y sin embargo, casi no la uso ya.
Digo me costó porque recuerdo perfectamente a Marina, mi maestra de primero, buena y paciente, dibujando los trazos de la “a”, ayudándonos a todos con la altura de la “l”, el largo de la “g” y así…
Los ejercicios dificilísimos de caligrafía más adelante, esos que hicieron que finalmente entendiera que la cosa era más simple: de arriba abajo y de izquierda a derecha.
Mi letra dista mucho de ser caligráfica, claro está, aunque viendo la letra de los zurdos en general, de todos modos podría decirse que la mía es linda.
No dije que soy zurda, cosa que ya sabés, es que viene a cuento por eso que te decía de las dificultades. La natural tendencia del zurdo es escribir en sentido inverso, como los árabes, de derecha a izquierda.
Por un lado creo que tendría que haber un método mixto de enseñanza, y sí, definitivamente si hubiera estudiado Ciencias de la Educación, esa hubiera sido mi tesis. Con justa maldad entonces, me alegro por todos los niños zurdos de medio oriente que escriben fácilmente mientras los diestros se las ingenian para acomodar las cartillas para no tapar con su brazo lo que van escribiendo!.
Aún hoy invierto letras y me sale “ed” en lugar de “de”, y sólo puedo escribir cómoda si la hoja está paralela a la mesa.
Llueve desde las 4.30am, hay viento y ya son las 10.
Acá la lluvia es pausa. Es la única que detiene al mar, al sonido invasivo y potente del mar. El repiqueteo incesante de las gotas, los latigazos contra las paredes o la nada arrastrándola más el chapoteo de algún sapo que tomó la poción de Alicia para agrandarse, lo apagan. Ya no se oye.
La gente (poquísima por cierto) no deambula, y el sol sabe que no es su turno y espera.
Es tiempo de escribir.
Escribo en el que fue el cuaderno de mi diario de viaje de Francia. A los apuntes previos, se sumaron las notas durante el recorrido.
Me parece que cuando decidí traerlo ya sabía que iba a escribir con tinta.
Encontré en él las flores que tiene dentro. Mis flores secas.
De cada lugar me traje ramitas flores y hojas. Siempre guardo entre las hojas de los libros que más quiero o entre líneas, una parte así que me trae lugares o personas que no quiero olvidar. Tengo por ejemplo, una flor de tela chiquita y fea que dice “te quiero”, una de las rosas de un ramo enorme que viajó desde Niza para mis 21 años, el pimpollo más chiquito del funeral de Tía Pili y las mini rosas e ilusiones que formaban mi broche de pelo el día que me casé.
Ahora las del viaje están aquí entonces, entre aquellas: el muérdago (más bien acebo) del Pere Lachaise, y las flores violetas (ya devenidas en vinotinto) de Vezelay, hojas de los castaños del Louvre y un plumero amarillo de Auvers que ya se puso muy Van Gogh con el tiempo.
También una lavanda de Arles y una flor silvestre de Saint Sauver.
Suelo ser bastante respetuosa de mis ritos y mis taras, por lo que si bien debí pasarlas a algún libro al llegar, si no lo hice por algo habrá sido, y ahora aquí quedarán, todas juntas.
Entre otras cosas porque me encanta que me sirvan de pretexto para escribirte.
-Valizas, Diciembre 2018.

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