Impares

Me lavé las manos y, como siempre, en lugar de secármelas, las metí en los rulos. Qué sé yo, una manía: si no estoy en casa, me seco las manos en el pelo.

Apenas levanté la mano y acomodé uno de los rulos que se me venía a la cara, la caravana saltó, giró dos o tres veces en la pileta y se fue por el desagüe. Así de rápido, así sin más, se escurrió mientras intentaba en vano alcanzarla.
La verdad, no me importaba. Las estaba estrenando: una bolucompra sin valor.
Pero salí del baño y tuve que contener un par de lágrimas que no entendí, golpeando las pestañas como desesperadas por salir.

De pronto empezó a desfilar como fotograma, la interminable lista de las caravanas impares que conservo.
El pez de madera. La perla de la tia. La de plata que me gustaba tanto. Las varias artesanales...¿sabés cuáles digo? esas, que forman espirales de metal más largos o más cortos, más largos o más cuadrados...siempre con una piedra verde o celeste.
Una roja, vaya a saber qué estaba pensando cuando las compre. Una medialuna de jade, chiquita y preciosa....

No me había dado cuenta hasta hoy que las guardo.
Hay tantas cosas que quedan impares, no?
Peces de madera, que parecen nadar y en algún momento se les parte una parte y no pueden más.
Perlas que son irremplazables. Brillos de plata que nos gustan tanto y eran eso, solo brillo. Y artesanias que hacemos intentando inventar algo nuevo, y terminamos siempre con la piedra del mismo color.

El rojo impar del amor que uno nunca sabe en que estaba pensando cuando se enamoró. Y la medialuna siempre, marcando camino y luz.

Una caravana más para la colección de impares.
Una carta más que ya no te envío.

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