Es el primer día. Caminando y bañándome, repleta de luz, pensaba que no se me ocurren demasiados argumentos para defenderla.
Defenderla de mí misma, cuando pienso que los otros deben tener razón y que mejores playas no faltan.
Porque es una playa bastante cabrona. Impredecible y rebelde, frágil y furiosa.
Con olas desordenadas y viento.
Y con un arroyo de mal genio por vecino, que tanto roba agua verde para mejorar su caudal un día, como le arroja fondo rojizo para contrarrestar la envidia, al siguiente. A veces vuelve ufanándose ante las vacas con un "Miren lo que traje!, este color es de mi amiga La Mar", y otras empuja el arrastre marrón repleto de hojas, barro y cangrejos.
Ese mismo arroyo que a veces escupe sirís que te pincean al menor descuido, o te da el empujón que te falta para llegar al otro lado cuando ve que no podés.
Es playa que entiende de agua turquesa, de olas perfectas, de días sin viento, de albatros planeando y ostreros curiosos.
Conoce de redes y oficio de pescador.
Sabe cómo mantener a raya el arroyo dejándolo ahí, peinando por horas el atardecer de colores para que se camufle entre las barcas rojas.
Es la playa más enorme del mundo. Podría decir eso, y no mentiría.
No a lo largo, sino a lo alto.
Con esa continuidad de cielo a través del mar.
Hay una nube que como pez extraño se acerca a la espuma. Una danza tenue que cambia la forma de ambas cosas.
Y del otro lado imponente, la duna guardiana de todas las constelaciones que aparecerán en un rato.
Al final del día ordené mis olas y mis vientos, olvidándome de la necesidad de encontrar argumentos innecesarios.
Hay quereres que mezclan agua clara con fondo de arroyo. Esos que comparten mis colores y miserias, que me pincean solo por jugar o para mantenerme alerta, y cierto es que sin el empujón no hubiera llegado al otro lado.
El amor más enorme del mundo es también así: a lo alto.
A lo alto de un corazón continuo entre miedo y orgullo con cada paso de los hijos, de la vida, como ese pez gigante que parece caer del cielo y se funde lentamente en el mejor abrazo.
De tus manos tan parecidas a la espuma.
Y del otro lado el tiempo. Inmenso y atento a todas las constelaciones para no perder ninguna.

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