La primera que vi creí que era una estrella fugaz.
Pedí un deseo y seguí con el juego clásico en el que estaba: si titila, es estrella; si está fija, es planeta; si se mueve, es satélite.
Y súbitamente cruzó otra. Más rápida, más breve, más brillante.
Y otra.
Me fui a dormir con la sensación de haber tenido suerte por haber visto tres.
Tres deseos, aunque en realidad fue el mismo tres veces.
Al día siguiente, la noche fue más clara aún. Menos viento, más calor y menos luces de interferencia.
Lluvia de estrellas. Gemínidas que salen en todos los sentidos.
Dicen que se pueden ver hasta ciento cincuenta por hora y que esta noche es el momento cúspide.
Bajé a la playa y las quise contar… y ya no pude.
No paraban de caer en picada, de esfumarse como absorbidas, de confundirse con la Vía Láctea, dejando la ilusión de que no se iban del todo.
Una tras otra, separadas por segundos, distrayendo a los gemelos de Géminis, que quedaban desconcertados.
Fueron tantas que ya repetir el deseo no tenía sentido.
Seguramente ni siquiera es un deseo, ¿no?
Si brota irracional, desordenado y multiplicado, ya no se puede cumplir.
Y no precisamente por causa de ellas.

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