Nos pavimentaron el tiempo


En la ruta, el mojón del kilómetro 271 solía estar escondido, así que el carro y después el camión más bien reconocían un grupo de arbustos, las palmeras del campo de enfrente, o vaya a saber uno qué, para entrar en el lugar correcto.
Entre árboles, arena y el riesgo permanente de enterrarse o perderse en el bosque, llegábamos.
La entrada despejada y clara nos hizo acomodar el cuerpo al cambio, como antes lo hacíamos en los vehículos.
 
Mucho más tarde —muchísimo más tarde— llegó la luz.
Nosotros, acostumbrados a velas y faroles, cambiamos la mantilla y los fósforos por lamparitas y focos.
La luz no nos mostró el camino, nos enseñó a mirarlo distinto, juzgando esa nueva luz por el efecto que produce sobre las cosas, como hace la luna llena.
Con algunos ranchos iluminados se empezaron a distinguir los trechos; los tramos entre las dunas, los pasillos en el bañado, los atajos escondidos al arroyo.

Así nosotros, tan acostumbrados a ir a tientas, a tantear el terreno, a llegar y permanecer con lo que hubiera de luz y de camino, de pronto teníamos senderos, calles y claridad. 

Y este año, la calle principal apareció cubierta de bitumen y gravilla.
Con líneas definidas a los costados y al centro.
Hasta con línea amarilla.
Como si fuera una vía a la que hay que recordarle que es importante, como si no fuera segura.

Y lo único seguro es que...
Nos abrieron entradas
Nos iluminaron los secretos
Nos pavimentaron el tiempo
 

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