Hubo un momento exacto en que supe que se estaba yendo.
Cambió la respiración, la mirada no era la suya, había cierto desasosiego casi imperceptible.
Cambió la respiración, la mirada no era la suya, había cierto desasosiego casi imperceptible.
Me tire en el piso, comencé a acariciarlo, a besarlo, a hablarle.
Entendió y escuchó.
-Descansa. Ya está mi amor, ya está.
Dejó de estar agitado, y estuvo en calma.
Queda guardado entre los médanos y el corazón.
Lleva a cuestas los kilómetros corriendo, persiguiendo pájaros y chapoteando, los juegos con la pelota y las siestas al lado del mar.
Será nuestro custodio en cada playa, nos protegerá de extraños; y también de nosotros mismos cuando sea necesario.

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