Una mesa


Nunca me acuerdo de la cabaña. Es lógico, era muy chica y los recuerdos son vagos.
En los intentos de todos los tiempos por rescatar alguno, apenas aparece la pinocha mezclada con arena y con el perfume potente y amargo de los pinos hinchando el pecho. Algo de la estructura, algo de mi madre una noche cocinando con una musculosa que siempre me gustó. Y no mucho más.
No podría ubicarla ahora, no tengo claro qué muebles tenía, o donde estaban las habitaciones. 
Sé que un día Andrés tuvo una herida fea en la rodilla y de pronto lo curaban al sol y el anaranjado precioso del mercurio cromo brillaba tanto como la lágrima que corría por su mejilla. 
O que yo perseguía a Gabriel cuando se iba a los médanos. Y no para alcanzarlo, sino para no perderlo de vista, eso de hermano mayor al que tenía que sí o sí tener a tiro para sentirme segura.
Sin embargo pese a la cantidad de mesas potentes de mi vida, como la de la cabaña, no hay. 
De pronto la escena es clarísima.
Estábamos entrando a toda velocidad a tirarnos debajo de ella a buscar nuestro tesoro. Los tres íbamos sacando una a una las revistas de nuestra caja fuerte, de esa especie de compartimiento oculto que no era más que un espacio que quedaba entre las tablas y que para nosotros era un secreto compartido.
Cuando aparece esa imagen, volver a verla es decir hermanos.
Cuando pinté ésta, que sólo es una mesa y fue pintada por casualidad, apareció la de la cabaña con la caja fuerte que sólo nosotros conocemos.
Porque me la regaló Gabriel, porque sé que Andrés compartiría la foto orgulloso, y porque yo…

Yo, pinto los colores que nos faltan. 
Y sigo poniéndome a tiro de Gabriel para que me proteja, y viendo brillar siempre a Andrés. 

Comentarios